sábado, 18 de junio de 2011

Ruidos en La Overuela: mi lucha continúa

 La Overuela es un barrio perteneciente a la ciudad de Valladolid, situado hacia el norte del municipio y relativamente alejado del casco urbano. Es un lugar que a día de hoy aún sigue destacando por su tranquilidad, pero parece que siempre ha de haber "gente" que disfruta rompiendo la paz y haciendo el mayor daño posible. En este caso que me dispongo a relatar, los "presuntos" ruidosos y sus presuntos cómplices aprovechan el abandono que sufre el barrio por parte del Ayuntamiento de Valladolid para hacer de las suyas, pasándose por el forro todas las ordenanzas, normativas y leyes que regulan la convivencia ciudadana.

No hacer Ruido

 En el caso que nos ocupa, el mayor foco de ruidos se centra en la calle Diezmos, más concretamente en el domicilio de C.Y.M., quien durante más de diez años ha venido demostrando por activa y por pasiva que no la importa en absoluto que sus ruidos puedan molestar y afectar a la salud del resto del vecindario, con tal de poder satisfacer sus instintos e imponer su "santa" voluntad. Los ruidos que se han venido generando habitualmente desde dicha vivienda han ido desde las "conversaciones" a voz en grito hasta los intensos ladridos del perro y, sobre todo y ante todo, la música a muy alto volumen.

 Para hablar de este caso, me he de remontar al mes de agosto del año 1997, cuando tomé posesión de un adosado en La Overuela, precisamente huyendo de otro problema de ruidos del que quizás hable en otra ocasión y que no viene al caso. No sabía entonces lo que me esperaba y, a pesar de que C.Y.M. puso la música alta desde el primer día, lo consideré como una celebración y no perdí la ilusión de poder disfrutar de una vida mejor. Las primeras señales de alarma me vinieron a través de un vecino que educadamente se quejaba del ruido; la reacción de C.Y.M. y compañía ante dichas quejas iban desde la indiferencia hasta el desafío, haciendo siempre caso omiso de lo que se las pedía: un poco de respeto y de consideración para con los demás.

 La pesadilla comenzó para mí en el año 2006, cuando detecté que el volumen de la música había aumentado progresivamente y se prolongaba más en el tiempo. El viernes 27 de julio de 2007 --a las 23:15 horas-- me vi obligado a llamar a la policía municipal para que acudiese al lugar y tomara las medidas que considerara más oportunas; así se hizo y los agentes me aseguraron que iban a dar parte en forma de denuncia. Este hecho tuvo consecuencias inmediatas: la mañana siguiente fue un infierno en forma de música altísima, provocaciones e insultos por parte de C.Y.M.

 La situación no mejoró y, lo que es peor, me vi absolutamente solo ante aquella situación. Ningún vecino me apoyó y comencé a ser víctima de una campaña de descrédito cuyos efectos se prolongan hasta el día de hoy. La mala fe de C.Y.M. se ha ido incrementando con el paso del tiempo, al verse amparada por la mayoría de los vecinos. Estos son los signos más destacados de su mala fe:
  • Cuando pone la música, abre puertas y ventanas para que lo oiga el mayor número de gente posible.
  • Ha puesto la música a todo volumen durante cortos espacios de tiempo --de unos 45 minutos de duración--, que es lo que ella calcula que tarda en acudir la policía municipal. Así pretende hacer creer la tremenda falsedad de que de día no pasa nada por pasarse con los decibelios.
  • Corta las canciones para "pillar" a algún vecino quejándose y tener la absurda excusa de poner la música aún más alta.
  • Sube y baja el volumen de manera sucesiva, en un claro signo de provocación.
  • Cuando sólo desea provocar, suele poner canciones cuyas letras puedan ofender a las potenciales víctimas.
  • En sus insoportables tertulias de parcela, siempre aprovecha la situación y eleva la voz para zaherir veladamente a los que critican su actitud.
  • Hay veces que pone alta la música por el mero hecho de habernos oído hablar previamente, sobre todo cuando se siente más eufórica por los efectos típicos de toda "fiesta" (entre esos efectos habituales destaca el de sentirse inmersa en un ambiente de total impunidad al verse arropada por el grupo).
  • C.Y.M. y compañía no tienen ningún reparo en poner la música y/o ponerse a hablar en voz alta en plena noche. Si alguien se queja, lo más probable es que C.Y.M. comience a proferir todo tipo de insultos y de amenazas (siempre y cuando se sienta amparada y protegida por sus amistades).
 El problema subió un escalón más en la noche del sábado 28 de agosto de 2010, cuando todo parece indicar que una patrulla de la policía municipal acudió al domicilio de C.Y.M. para dar parte del volumen de la música. Yo no sabía entonces si acudían a requerimiento de un vecino o porque pasaban por allí; el caso es que esa vez no fui yo el que llamó, un hecho que a día de hoy continúa representando una gran novedad. La consecuencia fue que esa misma noche C.Y.M. estuvo gritando e insultando gravemente a quien ella pensaba que había efectuado la queja, eso sí, sin mencionar ningún nombre. Lo más preocupante es que esta vez C.Y.M. cruzó la raya, se extralimitó, llegando incluso a amenazar de muerte al mencionado vecino "anónimo"; aunque no se sepa en concreto a quién dirigía dicha amenaza, quiero destacar que hasta la fecha no tengo constancia de que ningún vecino haya reaccionado en modo alguno ante tan graves hechos.

 Escribiendo esta entrada pretendo que quede constancia de que dichos actos incívicos me molestan profundamente, hasta el punto de que están deteriorado mi salud psíquica y física, por lo que me veo en la obligación de luchar para que los responsables paguen por los daños que han causado y por los que están causando en la actualidad, cuando ya se atreven a proferir --a gritos-- claras amenazas de muerte. Aun en el caso de que mis vecinos me dejen solo en esta lucha, no pienso permitir que se juegue tan impunemente con mi salud y, a partir de ahora, tomaré todas las medidas legales que estén a mi alcance hasta que consiga mi objetivo o hasta que mis fuerzas me abandonen.

 La lucha continúa: el sábado 11 de junio de 2011 --una vez más--, C.Y.M. y "compañía" han montado otra de sus ruidosas "fiestas", con la correspondiente música a volumen alto y sus consustanciales gritos. Como siempre, lo que nos pase al resto de vecinos les importa un bledo y una vez más el único que se ha quejado abiertamente ante tal situación he sido yo. Ante tales hechos, he tenido que llamar nuevamente a la policía municipal. Hacia las 22:15 horas de la noche se personó una pareja de agentes en mi domicilio, procediendo a aplicar la Ordenanza de Protección de la convivencia ciudadana y prevención de actuaciones antisociales del Ayuntamiento de Valladolid. Cuando C.Y.M. se aseguró de que la policía había abandonado el lugar, comenzó a proferir los típicos gritos, en forma de injurias graves y amenazas de todo tipo dirigidas claramente hacia mi persona.

 Durante el resto de la noche del citado sábado y en las primeras horas del domingo 12 de junio de 2011, los insultos y las provocaciones por parte de C.Y.M. continúan con saña y mala fe. Llamo otra vez a la policía municipal y se personan en mi casa a las 00:30 horas. Los agentes proceden a aplicar la normativa vigente y me aconsejan que formule una denuncia por injurias y amenazas, enviando para ello los datos de filiación pertinentes a la policía nacional. Hasta donde yo sé, los ruidos se prolongaron hasta las 03:30 horas de la madrugada, momento en el que el cansancio acumulado pudo conmigo y me dormí. A las 09:17 horas de la mañana siguiente formalizo la correspondiente denuncia --por injurias y amenazas graves-- en la comisaría de policía que se me había indicado previamente.

 Como era de esperar, mis presuntos victimarios han recrudecido su habitual campaña de descrédito contra mí, ya sea en forma de calumnias, amenazas implícitas o menosprecio. Una de las cosas que ha llegado a mis oídos es que las 22:30 horas de la noche es una hora muy "normal" para tener la música alta, a lo que he de responder que eso es quedarse en la más simple de las anécdotas, puesto que hay que tener muy en cuenta que previamente tuve que aguantar otras tantas horas de música y que yo ya sabía que después también habría de aguantar otras tantas horas más, por tratarse de un hecho ya habitual: después de más de diez años de tortura, algo he aprendido.

 Otra de las cosas que se comenta "por ahí" --en un alarde de imaginación sin precedentes-- es que si me molesta el ruido "que me vaya al monte" o "que me compre un metro de bosque y que me pierda en él"; en definitiva, que me vaya de mi casa porque "ellos" y "ellas" así lo han decretado. A esto he de responder claramente que ni "ellos" ni un ejército como ellos van a ser capaces de echarme de mi casa, hagan lo que hagan. Y también he de responder que si les gusta tanto la música alta y el ruido, que se vayan a la discoteca más grande que encuentren y que se arrimen todo lo que puedan a los bafles; que si lo que les molesta es el silencio y la tranquilidad, que se vayan a la cárcel: allí no tendrán ni lo uno ni lo otro.

 También he de aclarar que hay más vecinos a los que les molesta profundamente esta situación; incluso hay alguien que me ha expresado claramente que si no actúa es por miedo a las represalias, cosa que entiendo perfectamente desde el punto de vista humano. En cualquiera de los casos --ya sea por mala fe, complicidad, temor, complacencia, indiferencia o desidia--, no me consta que el resto de vecinos se haya quejado oficialmente (salvo el que llamó a la policía municipal en agosto del año pasado). No obstante, si alguien más comparte mis inquietudes al respecto y está dispuesto a hacer algo para intentar erradicar este problema, que no dude en ponerse en contacto conmigo.

 Al escribir estas líneas, casi puedo sentir a mi espalda el aliento de mis presuntos torturadores... y su música continúa resonando en mis castigados oídos: ¡Gritan, luego cabalgamos! ¡Mejor luchar y perder que perder sin haber luchado!