Una chana (anjana, dona d'aigua, encantaria, moura, ondina o xana) es --en la mitología popular berciana-- un hada encantada de las aguas, un espíritu benéfico que suele habitar en los ríos, lagos, fuentes o manantiales.
Las chanas adquieren la forma de mujeres jóvenes de cautivadora y enigmática belleza. Suelen invertir mucho tiempo en peinar sus largos cabellos con sus característicos peines de oro; también se dedican a elaborar madejas de hilos de oro. Habitan suntuosos palacios situados en las profundidades de las aguas, donde guardan extraordinarias riquezas.
Estos espíritus acuáticos se ocupan de que las nubes que cubren la zona que protegen siempre estén llenas de agua; de este modo, a las tierras de los campesinos que gozan de su bendición feérica nunca les falta el líquido elemento. Aunque en la mayoría de las ocasiones las chanas no representan ninguna amenaza para el ser humano, también existen leyendas en las que se las retrata como seres caprichosos y vengativos frente a los individuos del sexo masculino.
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martes, 5 de abril de 2011
sábado, 10 de julio de 2010
La chana de la Fuente de La Vallina
En el valle leonés de Gete (comarca de Montaña de Riaño), en un camino que asciende desde el pueblo de Gete hacia el Abesedo --tras recorrer más de medio kilómetro de distancia-- se puede contemplar la Fuente de La Vallina, de la que mana agua muy fría y transparente. En la mencionada fuente se dice que vive una benéfica jana (o chana) que vaga sin consuelo por el lugar, expiando un antiguo pecado de amores.
La encantada jana de la susodicha fuente sólo se deja ver una vez al año: a las doce en punto de la Noche de San Juan. Sus rubios cabellos brillan a la luz de la Luna y es muy bella; entregará sus amores al mozo montañés que la desencante dándole de beber agua de la fuente en el cuenco de la mano. Un tal "tío Gabriel" decidió un año atreverse a realizar el ritual, pero se durmió rendido por el cansancio y ni tan siquiera pudo ver a la jana; a la mañana siguiente encontró a su lado un peine de cuerno de castrón, quizá olvidado o quizá puesto allí como un presente feérico de agradecimiento.
La misma jana entregó a una tal "tía Periquita" gran cantidad de canicas que esta guardó inmediatamente en su mandil; la advirtió de que no las mirara hasta llegar a su casa de Gete. Cuando la mujer bajaba por las Vegas del Barrero, vio con decepción que lo que transportaba no era otra cosa que un montón de simples carbones de robles; al entrar en su casa se percató de su gran torpeza, pues pudo contemplar una brillante onza de oro escondida entre la cinta del mandil.
La encantada jana de la susodicha fuente sólo se deja ver una vez al año: a las doce en punto de la Noche de San Juan. Sus rubios cabellos brillan a la luz de la Luna y es muy bella; entregará sus amores al mozo montañés que la desencante dándole de beber agua de la fuente en el cuenco de la mano. Un tal "tío Gabriel" decidió un año atreverse a realizar el ritual, pero se durmió rendido por el cansancio y ni tan siquiera pudo ver a la jana; a la mañana siguiente encontró a su lado un peine de cuerno de castrón, quizá olvidado o quizá puesto allí como un presente feérico de agradecimiento.
La misma jana entregó a una tal "tía Periquita" gran cantidad de canicas que esta guardó inmediatamente en su mandil; la advirtió de que no las mirara hasta llegar a su casa de Gete. Cuando la mujer bajaba por las Vegas del Barrero, vio con decepción que lo que transportaba no era otra cosa que un montón de simples carbones de robles; al entrar en su casa se percató de su gran torpeza, pues pudo contemplar una brillante onza de oro escondida entre la cinta del mandil.
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