Ha pasado ya un año desde que el jueves 17 de abril de
2008 muriera --en el
Hospital Gregorio Marañón de Madrid--
Rosario Sánchez Mora a los 88 años de edad; fue más conocida como
Rosario la Dinamitera o como
Chacha, aquella destacada miliciana republicana que luchó en el frente de Madrid durante la
Guerra Civil Española y que el poeta oriolano
Miguel Hernández inmortalizó en su célebre poema
Rosario, dinamitera.
Rosario Sánchez Mora nació el 21 de abril de
1919 en la localidad madrileña de
Villarejo de Salvanés.
Chacha --apelativo con el que fue nombrada por sus compañeros de armas-- se alistó en el
5º Regimiento de Milicias Populares a los 17 años de edad. Perdió la mano derecha manipulando explosivos y a partir de entonces se convirtió en la legendaria Rosario
la Dinamitera. Tras recuperarse de sus heridas, fue destinada al Comité de Agitación y Propaganda del Estado Mayor de la
10ª Brigada Mixta de
el Campesino, situado en el Convento de las Clarisas de
Alcalá de Henares; poco después, el cuartel general se trasladó primero a Ciudad Lineal y finalmente al nº 11 de la calle O’Donnell de
Madrid, donde Rosario se encargó de la centralita telefónica. Posteriormente volvió al frente con el rango de sargento para dirigir las labores del correo entre los combatientes republicanos de la
Batalla de Brunete y el Estado Mayor de la capital. En el mes de julio de
1937 y junto con el resto de las tropas de
el Campesino, Rosario volvió a
Alcalá de Henares y el 12 de septiembre de
1937 aprovechó la ocasión para casarse por lo civil con el miliciano
Francisco Burcet Lucini (
Paco), un sargento de la Sección de Muleros perteneciente a la
46ª división de
Valentín González González el Campesino. Después de la marcha de Paco al frente de
Teruel y estando las tropas de
el Campesino luchando en la
Batalla del Ebro, Rosario se puso a trabajar en la oficina de reclutamiento de mujeres que
Dolores Ibárruri la Pasionaria organizó en el nº 5 de la calle de Zurbano de
Madrid para ocupar los puestos de trabajo que iban dejando vacantes los hombres; allí trabajó hasta que dio a luz a una niña a la que llamó
Elena. Después, perdió toda comunicación con su marido al pertenecer este ya a otra zona republicana.
En
1939 --antes de la caída de
Madrid-- se trasladó a
Valencia para reunirse con su padre,
Andrés Sánchez, con la intención de huir juntos del país desde el puerto de
Alicante. Pero fueron detenidos por las fuerzas franquistas y su padre fue fusilado; a ella también la condenaron a muerte, pero la pena le fue conmutada por 30 años de prisión, de los que sólo cumplió tres porque de vez en cuando el régimen de Franco se veía obligado a liberar algunos presos de las repletas e insalubres cárceles de la posguerra.
Cuando salió de la cárcel, no pudo trasladarse a
Villarejo de Salvanés, puesto que su condena incluía el destierro a más de doscientos kilómetros de su casa. Se trasladó entonces a
Samprón, una pequeña aldea de
El Bierzo leonés donde fue acogida por una compañera de prisión que alcanzó la libertad antes que ella. Pero su deseo irrefrenable de volver a ver a su hija Elena la hizo desafiar a la ley y partió hacia
Madrid, donde la ayudó otra compañera,
Rufina Núñez; logró recuperar a su hija y a su madre, pero su marido Paco se había vuelto a casar y vivía en
Oviedo (los matrimonios civiles celebrados durante la Segunda República fueron anulados por el régimen de Franco). Viajó a
Asturias en busca de Paco, pero no lo encontró allí, puesto que la familia se había trasladado a
Barcelona en busca de trabajo. Rosario rehizo su vida junto con un hermano del marido de Rufina; tuvieron una hija, pero se separaron a los dos años. Con el estatus de madre soltera sobre sus espaldas, se vio obligada a trabajar de cerillera en la madrileña plaza de Cibeles y tuvo que vender tabaco de contrabando para poder subsistir; posteriormente, regentó un estanco en el barrio de Vallecas.
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