lunes, 19 de julio de 2010

El pecado del abad

 Cuenta una leyenda medieval (según el escritor leonés Enrique Gil y Carrasco) que el señor templario del Castillo de Cornatel se encontraba en una ocasión cazando por los montes de Borrenes y --como si se tratara de un infausto capricho del destino-- se encontró con una pastora de una belleza tal que, tras contemplarla, el cruel caballero ni quiso ni pudo reprimir sus bajos instintos, forzándola entre las encinas.

Castillo de CornatelCastillo de Cornatel (Priaranza del Bierzo [León]).

 Había un mozo en Carucedo que estaba enamorado de la joven pastora y quiso tomar justa venganza por la afrenta que esta sufrió; sorprendió al templario en una de sus frecuentes cacerías y le hundió un cuchillo en el vientre hasta asegurarse de que el noble pagaba definitivamente por su felonía. Por temor a las represalias, el joven huyó hasta encontrarse en territorio ocupado por los moros. Al cabo de muchos años, volvió como peregrino a Compostela e ingresó en un monasterio cercano a Carucedo, llegando a ser abad de la congregación.

 Las gentes del lugar acudieron al citado abad para pedirle ayuda y remedio contra una bruja que había lanzado un mal de ojo sobre las personas y el ganado. Salió el abad una noche con la intención de conjurar a la susodicha bruja y se quedó paralizado al reconocer a la mujer como aquella joven de quien estuvo locamente enamorado. Ella también le reconoció y juntos fueron a disfrutar de su amor al pórtico de una ermita cercana. El abad había olvidado respetar sus obligaciones con la comunidad y sus votos de castidad. Como en un terrible castigo, las torrenteras manaron agua bajo truenos y relámpagos, hasta el punto de anegar la ermita e inundar el valle, formando el Lago de Carucedo.

 Desde entonces se cuenta que cada noche de San Juan se oye el lejano tañido de la campana de la ermita, como recuerdo de un amor imposible.

1 comentario:

cafeina dijo...

Me ha gustado mucho esta historia!! Enhorabuena :-) saludos